¡No toques a mi jovencito!
Mi persona y mis amores te los confío a ti, Aurelio.
Te pido un discreto favor: si en tu corazón
has anhelado guardar un deseo casto y puro,
presérvame púdicamente a este muchacho,
no digo de la gente (nada temo
a los que pasan por el foro
de acá para allá ocupados en su asuntos )
de ti tengo miedo y de tu miembro,
peligro para los muchachos,
tanto honrados como disolutos.
A ese tu menéalo por donde quieras, como quieras,
cuanto quieras, cuando esté preparado:
a este solo lo exceptúo, discretamente, según creo.
Porque, si un mal pensamiento o una insensata locura
te empujan canalla, a tan gran desatino
como para acosar mi cabeza con tus trampas,
entonces, ¡ay de ti, desdichado y de mala estrella,
que con las piernas separadas, por la puerta abierta,
te acosarán rábanos y mujoles!

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