Deja a mi jovencito
Aurelio, padre de las hambres,
no sólo de éstas sino de cuantas han sido,
son y serán en los años venideros,
quieres dar por el culo a mi amado.
Y no a escondidas: pues estás a su lado,
bromeáis juntos y, pegándote a su costado,
lo intentas todo.
En vano: porque a ti, que me tiendes emboscadas,
te haré yo primero que me la chupes.
Y, si lo hicieras estando harto, me callaría;
pero ahora me lamento por eso mismo,
porque mi joven de ti va a aprender
a pasar hambre y sed.
Por eso, déjalo
mientras te sea posible hacerlo decentemente,
no sea que pongas fin a ello
pero después de chupármela